Y me atreví a volver a reescribir hasta mi nombre

El autoconocimiento es la base del desarrollo personal. Algunos piensan que detalles como nuestro nombre marcan en nosotros un destino. Otros creen que no son más que tonterías. Sea cual sea el grupo con el que te identifiques, quiero incitarte a reflexionar acerca de ambos aspectos mientras practicamos un sencillo juego. ¿Te apuntas?

puerta

Quién comenzó este juego que te presento fue Abu: mi abuelo materno. Cuando era pequeña, mi madre estuvo muy enferma y viví en su casa. Lejos de ser una experiencia traumática y pese al dolor de la separación materna, fue una vivencia muy enriquecedora. Aprendí grandísimas cosas de la vida de la mano de Abu y su mujer: Tata. Como por ejemplo a no perder ninguna oportunidad de reír, suceda lo que suceda en tu día.

“Te tendrían que haber puesto Roca, en vez de Rosa” decía. Entonces pasé de ser sólo Rosa a ser también Roca. Algo que no debería olvidárseme jamás como parte de mi autoconocimiento.

Debido a mi pasión por el color rojo, pude además ser Roja. Y a causa de mi risa fácil y desinhibida, me gané también ser Risa. Este nombre, me lo han sugerido muchas veces, lo que demuestra lo afortunada que soy ¿no creéis? Otro aspecto que no debería olvidárseme jamás.

Ya en la edad adulta, quedaron en el olvido -aún latentes- mis nombres no oficiales. Y mi vida, si bien no estaba mal, no resplandecía como antaño: se me había olvidado valorar cada nombre. Se me había olvidado ponderar cada posible opción con mis cuatro letras y la imaginación. Es más, se me había olvidado que había aún más letras por usar: las de mis apellidos, las de los apellidos que llevo en el ADN y no sólo el DNI. ¡Cuántas combinaciones! ¡Cuántas oportunidades!

Descubrí que los pasos no dados me dañaban las piernas. Estas, pesadas, parecían haber perdido la capacidad de andar con facilidad. De moverse con elegancia, con flexibilidad, con eficacia. No era así. Nunca es así. Otro hecho que no debería olvidárseme jamás.

De pronto, me encontré no intentando caminar, sino haciéndolo. Mis piernas eran tan fáciles de mover como yunques. No obstante, miré atrás y sonreí pletórica y con orgullo. Resulta tan vigorizante, descubrir que puedes, recordar que debes sentirte orgulloso… Tomé aire, y continué andando. Hacia dónde no importaba. Si os preguntáis porqué, os lo explicaré: estaba saliendo de mi zona de confort. Una poco confortable, como habréis adivinado, teniendo en cuenta que había olvidado mis nombres-bandera, que había evitado descubrir de nuevos, que los había dejado de adoptar.

Cada paso suponía mayor liviandad. Mayor frescura. Mayor energía. Y el miedo que se posó en mi pecho en los primeros momentos dejó paso a un vigorizante aire fresco que lo expandió y oxigenó cada célula que encontró a su paso.

Me pregunté cómo había conseguido tanto con tan poco. Era algo sublime, mágico. Definitivo. No me había dado cuenta de que un nuevo nombre se había cansado de esperarme. Este, impetuoso, me vino a buscar. ¿Sabéis cuál era? Osar. Y este es el nombre que ha rescatado de la lontananza a los demás. De momento, ha devenido el apelativo más fructífero. El que ha reconciliado mente, alma y cuerpo. Y ambos tres, juntos, entrelazados invisiblemente, conforman un nuevo ser: divertido, dulce, resiliente y libre.

Por eso nunca debería olvidarme jamás de que me llamo también Osar.

 

¿Crees en el destino? ¿Reescribes tu vida a cada paso? Puedes sugerirme nombres. Puedes mostrarme los tuyos ¿te apuntas?

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Rosa Palmer

Soy la creadora y principal blogger de Por El Camino Azul. Ex-Miembro y reportera de la iniciativa de orientación laboral Parejas Orientadoras. Colaboro periódicamente en La Nueva Ruta del Empleo. Mi vicio son las palabras. Adoro la vida, sus misterios, la comunicación y la creatividad. Me motiva la idea de difuminar la terrible frontera entre placer y trabajo. ¿Te apuntas?

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