¿Qué son las creencias?

¿Te apetece conocer qué son las creencias, cómo surgen, cómo funcionan y el efecto que tienen en tu vida?

creencias

Acercamiento a las creencias

Las creencias son el contenido mental que actúa de base para nuestros pensamientos y que interfiere, debido a ello, en lo que termina siendo nuestra conducta. De ahí su importancia y relevancia en nuestro día a día. Especialmente porque en muchas ocasiones tienen carácter subconsciente y afectan a la percepción que tenemos de nuestras vidas, de nosotros mismos y de cuanto nos rodea.

Las creencias son ideas que se consideran verdaderas a pesar de no disponer de demostración, fundamento racional o pruebas basadas en hechos contrastados o contrastables.

Tal vez por ello son tan asociadas a conceptos como la religión: van más allá de lo racional y, por tanto, requieren de fe. De confianza “ciega”, de “esperanza”.

Las creencias y nuestra interpretación del mundo

En ocasiones, las creencias están tan marcadas en la forma de interpretar el mundo, que algunas personas están convencidas (de forma errónea) de que sus creencias son ciertas más allá de ninguna duda y, como tal, deben ser adoptadas o compartidas por los demás. Como una verdad absoluta y universal.

Es decir, que consideran entender el mundo mejor que los demás y que, de alguna forma, inculcándoles su forma de entenderlo “les están salvando” de un error o de una conducta que dan por hecho que es o será nociva. O, cuanto menos, no tan beneficiosa como la suya.

Aquello que llamamos mundo es en verdad una imagen mental creada en base a nuestras creencias y valores. Y estas personas, a consecuencia de sus creencias, aún no son conscientes de ello.

Cada persona es un mundo… y un mundo tiene cada persona

Y como cada uno de nosotros tiene su propia mente, es de entender que cada uno de nosotros tenga su propia versión del mundo. Con ciertas diferencias, ciertos matices… intrínsecos a aquello que forme parte de nuestro mundo, nuestras relaciones personales y nuestra formación como personas.

Nuestras creencias podrán ser muy similares o muy distintas, en base a todo lo mencionado arriba. Y, salvo aquellas que sean disfuncionales, no tienen por qué ser mejores unas que otras. Es más, pueden convivir de forma armoniosa y creativa, siempre que tengamos en cuenta los derechos asertivos mínimos del ser humano.

“Sé más que tú y tengo razón”: pensamientos a cuestionar

cuestionar creencias

El ser humano tiene la tendencia de dar por hecho que posee de la verdad, que sabe más que los demás. Y si nos empeñamos en querer dar más relevancia a nuestra visión, tal vez consigamos lo contrario a lo deseado: que nuestro interlocutor en vez de abrirse a compartir nuestra propia visión se aleje de ella.

¿De dónde surgen las creencias?

El mayor objetivo que tiene nuestro cerebro es la supervivencia.

A lo largo de milenios de evolución, el cerebro humano ha ido creando complejos sistemas orientados exclusivamente a asegurar nuestra supervivencia como individuos y, por ende, como especie.

Digamos que a la hora de establecer prioridades, el cerebro no prefiere la verdad por encima de permanecer vivo. Se limita a crear un entramado de creencias e ideas para dirigirte hacia aquello que considera óptimo para la supervivencia.

Y así crea distintas creencias: unas correctas, otras falsas, y sin embargo, todas convenientes a su prioridad: seguir vivos.

Resumiendo: si para ti es importante que tus creencias además de ser útiles sean veraces, él se desentiende… salvo que tú quieras implicarle de forma consciente.

Suena raro ¿verdad?

Sin embargo, si lo pensamos, no es tan necesario que el cerebro nos salve en automático de las verdades a medias o las mentiras.

¿Cómo se forman las creencias? Creencias externas e internas.

formación creenciasAdemás de estas creencias, que se encuentran arraigadas en nuestro cerebro, también existen otro tipo de creencias.

Existen las llamadas creencias externas, que vamos adquiriendo principalmente a través del aprendizaje que tomamos desde niños a través de nuestros padres, profesores y mentores, aquello que aprendemos acerca de la sociedad de la que formamos parte y, en su caso, de nuestra religión.

Forman parte de aquello que entendemos como realidad y que, de alguna forma, consideramos que es inamovible y eterna. Se ha filtrado en nuestra forma de pensar consciente e inconsciente, como verdad absoluta en base a aquello que nos han enseñado, aquello que hemos visto y cuanto creemos saber o ser.

Además de todo esto, las creencias externas pueden verse formadas también mediante la repetición o en base a asociación a emociones positivas de acciones publicitarias en los medios de comunicación y redes sociales. O al adoptar las creencias de algún tipo de líder que nos despierte interés o motivación para cambiar en base a sus creencias y carisma.

Y, más allá de todo esto, existen las creencias que surgen a raíz de nuestras propias experiencias, pensamientos y convicciones. Estas son las creencias internas.

Experimentamos distintas vivencias y nuestro cerebro las evalúa y cataloga, mostrándonos como ciertas, de nuevo, aquellas aseveraciones que entiende como prácticas para nuestra supervivencia.

Esto resultaría maravilloso de no ser por el hecho de que una cosa suceda antes que otra no implica que siempre vayan a “acompañarse”, ni que una sea efecto de la otra, y menos aún que lo sea indefectiblemente.

Un breve acercamiento a otros tipos de creencias

Creencias básicas:

Creencias sobre la benevolencia: el ser humano es optimista por naturaleza y tiende a creer que la mala suerte afecta a otros, que es aceptado socialmente y es buena persona.

Creencias sobre el sentido del mundo, el control, el azar y la justicia: aquello que sucede en el mundo tiene un porqué.

Creencias sobre la dignidad de uno mismo: cómo deben ser las cosas para verse y ser visto como persona digna.

Creencias limitantes: aquellas que no nos permiten avanzar con naturalidad.

Creencias potenciadoras: aquellas que mejoran nuestra confianza y capacidades, nos aportan seguridad y empuje para realizar ciertas acciones.

Creencias disfuncionales: aquellas creencias relativamente estables que incluyen una visión distorsionada de un@ mismo y su situación, con estados emocionales insatisfactorios y conductas que, lejos de ayudar en nuestro crecimiento, colaboran en que vayamos desadaptándonos de nuestro entorno.

Sistema de creencias: tu guardaespaldas, no tu mentor

sistema de creencias guardaespaldas

El sistema de creencias es el conjunto de creencias que acepta cada persona, principalmente durante su niñez, y que podrá modificar dependiendo de lo aferradas que se encuentren, de la voluntad que tenga y de las nuevas experiencias y conocimientos que obtenga como individuo.

El principal objetivo de tu sistema de creencias es conseguir esa especie de necesidad vital que posee el ser humano de dotar de significado al mundo y a cuanto acontece en él.

Esto es, a legitimar la imagen del mundo que estamos creando en nuestra mente a diario, desde nuestra niñez.

Nuestro sistema de creencias trabaja continuamente para que esa imagen siga teniendo consistencia y es por ello que analiza la nueva información de forma sesgada y con el objetivo primordial de continuar dándole validez a la imagen preestablecida.

Se crea, pues, un “sólido” entramado mental en el que son desestimadas casi de forma automática o irracional todas aquellas ideas que no van acorde a nuestra forma general de pensar. Es decir, nuestra mente se vuelve un tanto dictadora.

De esta forma, sucede que cuestionar una creencia pueda suponer para un individuo un duro golpe desestabilizador, puesto que todas nuestras creencias se basan unas en otras o se encuentran íntima y subconscientemente relacionadas. Y también por ello sucede que, al atreverse a considerar al mundo desde otro prisma, son muchos los que sienten un cambio radical en sus vidas.

Creado así este entramado y con nuestra costumbre de creernos más listos que los demás llegamos a la ilusoria y común idea: yo veo “como toca” al mundo. “Mi mundo” es el auténtico y nadie lo conoce mejor que yo.

¿Vemos el mundo “como toca”?

ver mundo creencias

En cierto modo es cierto. “Mi mundo” es intrínseco a mi aprendizaje vital. Así que la lógica nos dice que conozco más “mi mundo” de lo que puedes conocerlo tú.

Ahora bien, cabe preguntarse, por ejemplo:

¿Hasta qué punto mi visión del mundo es sesgada?

¿Mi visión del mundo me está incapacitando para tener una vida espontánea y de crecimiento?

¿Es certera mi visión de mí mism@, de mis familiares y de aquello que me rodea?

¿Es tan importante que mi visión sea compartida “hasta el tuétano” con y por los demás?

¿Creo que el mundo es así en verdad o creo que tengo que creerlo?

Y, sobre todo: ¿mi forma de ver el mundo (y actuar en consecuencia) está empeorando mis relaciones con los demás y conmigo mism@?

A pesar de todo lo mencionado arriba, nuestras creencias, no tienen por qué resultar nocivas, disfuncionales ni limitantes.

Como mostraba en el apartado de otros tipos de creencias, existen también creencias potenciadoras, que mejoran nuestra experiencia aportando una visión más positiva, con más confianza en nosotros mismos y en un resultado óptimo.

Observando una creencia de cerca: soy torpe

Supongamos que mi creencia es que soy mala jugando a fútbol. Mi cerebro será propenso a discriminar lo que entienda como muestras de torpeza y se enfocará en ellas: si doy un traspié, paso la pelota al contrario o hago un pase demasiado corto.

Esto reafirmará mi idea preestablecida con lo que entenderé como “pruebas indiscutibles” de mi torpeza y que me llevarán a la falsa conclusión de que “siempre” que intente acciones similares, obtendré el mismo resultado. Aparecerá entonces el eslogan:

“Soy muy torpe en el fútbol” o “juego fatal”.

Mi autoimagen, tal vez mi autoestima, se verá dañada por esa visión sesgada de mis cualidades. Lo que me provocará estrés por sentirme diferente a los demás de forma peyorativa.

Con suerte, este estrés me motivará para enfocarme y buscar una forma sana de superarme buscándome un club de fútbol con profesores empáticos y compañeros de un nivel similar al mío, por ejemplo…

O me llevará a seguir una serie de acciones que retroalimentarán esa creencia, como desestimar los momentos en los que esa torpeza no sea palpable, trayendo pensamientos del tipo: “ha sido por casualidad o potra”, “en verdad no tiene mérito”, que “fue gracias a otra persona” o que “los demás siempre lo hacen mejor”. Todo ello a la espera de una nueva torpeza que reafirme esa imagen mía de torpe en el fútbol.

Y si opto por tomarme en serio esa torpeza y la convierto no en una cualidad sino en un complejo con todas las de la ley, puedo terminar encontrándome evitando acciones o hobbies en los que considere tener más posibilidades de mostrarme como torpe, yendo más allá del fútbol en sí. Y esto, ojo, no tanto por aquello que puedan pensar los demás, como por aquello que dé por hecho que piensen, debido a mi dañada autoimagen.

Mi gestión del estrés se defenestraría y cada vez encontraría más motivos de autocrítica.

Así, mi eslogan perdería concreción, para poder abarcar la mayor cantidad de pruebas posibles de mi “creciente” torpeza: se quedaría en “soy torpe” o, peor aún: “lo hago todo fatal”.

Todo ello con la consecuente espiral de dolor emocional, repercusión en mi autoestima y en mis relaciones conmigo misma y mi entorno que facilitarían que mi autoimagen quedara “marcada” con esa lacra. Y mi autoestima dañada…

¿Estaría, pues, entonces perdida?

Afortunadamente, no. Eso sí, estaría bajo los efectos de una creencia disfuncional.

Existen técnicas refutadas para tomar nuestras creencias, cuando estas se convierten en este tipo de “monstruo íntimo dañino y limitador”, incluso antes de que se conviertan en algo tan horroroso. Acerca de ellas hablaremos en otro post. ¡Que este salió ya bastante larguito!

Fuentes

Wikipedia

Las creencias, en Galeon.com

 

¿Ya conocías las creencias?

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Rosa Palmer

Soy la creadora y principal blogger de Por El Camino Azul. Ex-Miembro y reportera de la iniciativa de orientación laboral Parejas Orientadoras. Colaboro periódicamente en La Nueva Ruta del Empleo. Mi vicio son las palabras. Adoro la vida, sus misterios, la comunicación y la creatividad. Me motiva la idea de difuminar la terrible frontera entre placer y trabajo. ¿Te apuntas?

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