¿Para qué sirve verdaderamente la edad?

Las etiquetas que pegamos a «nuestro mundo» pueden impedir que lo experimentemos con espontaneidad. Una de las más impactantes es la edad. ¿Reflexionamos juntos?

 

museo de la infancia

¿Las condiciones de la edad?

Ignoro desde cuando el hecho de haber llegado a una edad te lleva a un club de madurez, que te confiere un estatus en el que se da por sentado que ya no es una buena idea que optes a un tipo de trabajo, que ya no es una buena idea que vistas de un modo original, que ya no es una buena idea ser espontáneo si no es «con cabeza»…
 
Lo que sí sé es que ese tipo de club, ese estatus, ese dar por sentado, debería ser solo adoptado por quienes de verdad sintieran la necesidad de formar parte de un club así. 
 

Si la edad es el tiempo transcurrido desde que existes, abogo porque somos unos cuantos los que no tenemos en verdad la edad que pone en nuestro DNI. 

 
Me explicaré: mi yo (al igual que el tuyo aunque no lo hayas advertido) se encuentra en contínua evolución. En esa evolución nuestra, vamos creciendo, por supuesto, así como nuestro niño interior. Si tenemos suerte, ese niño interior no queda relegado al ostracismo, a soñar despiertos, a pensar en el pasado-ficción, en nuestros ojalá esto u ojalá lo otro…
Si tenemos suerte, en nuestra evolución, nuestro niño interior nos sonríe, nos coge de la mano y nos muestra que somos una vida repleta de vida y que, por tanto, a cada punto de nuestro camino, no sólo crecemos y maduramos en el sentido tradicional de la expresión, sino que, además, nos encontramos en un lugar no físico en el que la edad no es algo que nos pueda etiquetar con exactitud, con eficacia, con determinación.

Para bien o para mal, nuestra situación vital del momento, nos brinda sensaciones que pueden o no acompañar al dato numérico que muchos, en su plena y justa libertad, prefieren ponderar como importante. 

¿Son tus años o lo que sucede en ellos, lo que importa?


¿Soy distinta de la Rosa de veinte años atrás debido a esos veinte años, o debido a cuanto ha ocurrido en ellos, a cómo lo he afrontado, padecido y disfrutado? ¿Soy más vieja porque llevo más tiempo en el mundo o soy más joven porque me siento más llena de vida, porque siento tanta vida que podría derrocharla, regalarla? ¿Era el año pasado, pues, más vieja de lo que seré los próximos veinte o treinta años?

Aprender a experimentar la vida en positivo

Cuando empecé a escuchar, a permitir que se filtraran en mí las inspiradoras palabras, en vez de las castradoras; a dejar que los pensamientos de «yo puedo» iluminaran mi mente, en vez de dejar que esta se oscureciera con los de impotencia; a crear mis sueños paso a paso, en vez adentrarme más cada día en un mundo en el que mis sueños eran imposibles o dependían de los demás, de un futuro que me abrumaba… cuando dejé de ser el enemigo en mi casa, entendiendo mi casa como mi alma, como mi mente, podríamos decir que volví a nacer. Podríamos decir que una nueva vida creció en mí. Podríamos decir que tuve un vigorizante despertar en el que la edad no era un handicap ni en juventud ni en madurez, mis defectos no eran algo por lo que agachar la cabeza, sino algo por lo que sonreír e ir más allá; y mis virtudes no eran algo que dejar quieto porque ya estaban bien así.
 
Todo aquello que me convierte en mí, aquello que conozco, aquello que acabo de saber, aquello que aún estoy por descubrir o desarrollar, viene a mi encuentro y me envuelve. Me expande desde dentro, con una luz, colorida y versátil, que me acaricia y presta calidez. Me hablaron de esa luz antaño. Yo aún no había crecido lo suficiente, o desandado lo suficiente, como para saber a qué se referían en verdad. Ahora sí. Ahora la conozco, la siento, la potencio a cada momento. 

Considero que cualquier aspecto de mi vida, de la vida en sí, debería ser explorado sin demasiadas ideas preconcebidas. Acercarnos con la ilusión de nuestro niño interior, con los ojos juguetones, mirando aquí y allá, escuchando activamente, leyendo entre líneas y, sobretodo, sintiéndonos y sabiéndonos libres a la hora de ponderar aquello a lo que nos acercamos. Porque, de otro modo, no miramos, sino creemos mirar. Por lo tanto, creemos ver. Y, lo que es peor de todo, dejamos de ver todo aquello que esa idea preconcebida, esa etiqueta que nos marca incluso cuando no caemos en la cuenta de que existe, nos impide ver con espontaneidad, con claridad, con facilidad. Casi como si estuviese adherida a nuestros ojos físicamente.

Aquí y ahora tengo 35 años desde mi llegada oficial al mundo. Aquí y ahora tengo 24 años, desde mi salida del apego. Aquí y ahora tengo 7 años, desde mi ilusión por ilusionarme. Aquí y ahora tengo 77 años, desde mis conocimientos vitales prestados. Aquí y ahora tengo todas las edades y ninguna. 

Rasca la etiqueta de la edad, si te molesta y no te provoca sincera comodidad. Despréndete de ella - ¡Compártelo: me ayudarás muchísimo!          

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Las etiquetas y las relaciones humanas

Rasca y despega las etiquetas que te impidan ir más allá y lograr tu bienestar. Rasca y despega las etiquetas que llevan tus seres queridos, para que puedas apreciarlos y amarlos más aún.

 

Quita las etiquetas que llevan quienes te rodean, para así dejar de apartarles de sí mismos y de ti. - ¡Compártelo: me ayudarás muchísimo!          

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¿Te parece la edad un dato relevante, a la hora de relacionarte con los demás? ¿Es la edad importante en la amistad, el amor, el trabajo? ¿Te parece determinante, la edad, a la hora de ponderar a alguien? 

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Rosa Palmer

Soy la creadora y principal blogger de Por El Camino Azul. Ex-Miembro y reportera de la iniciativa de orientación laboral Parejas Orientadoras. Colaboro periódicamente en La Nueva Ruta del Empleo. Mi vicio son las palabras. Adoro la vida, sus misterios, la comunicación y la creatividad. Me motiva la idea de difuminar la terrible frontera entre placer y trabajo. ¿Te apuntas?

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