¿Ansiar la felicidad o descubrirla a cada paso?

¿La felicidad es un final, un destino, o algo que descubrir a cada paso? Sobre ello escribo en esta reflexión ¿os apuntáis?

 

camino felicidad
Imagen: Pixabay.

 

El camino hacia la felicidad

En los últimos tiempos he meditado mucho acerca del camino hacia la felicidad. Me encantaba como sonaban esas cinco palabras juntas. Atravesar o recorrer un espacio, corpóreo o emocional, que me llevara hacia un estado de paz lleno de sonrisas, risas y plenitud me parecía una de las aventuras más motivadoras que llevar a cabo…

Hasta que me di cuenta de que el hecho de llegar a esa quizá utópica felicidad (en la que poseer cuanto pudiera desear envuelto en una suave y tierna niebla de bienestar) lejos de conseguir que me sintiera plena, creí que me llevaría a sentir más bien todo lo contrario, una suerte de pleno vacío.

Sentirme plena en un estado en el que no hubiese nuevas ilusiones, nuevos deseos, nuevos retos… ¿yo?  Definitivamente no: servidora adora dar pasos, recorrer caminos, aprender y desaprender mientras se conoce más a sí misma, al ser humano, aquello que llamamos vida, aquello que llamamos mundo.

Me quedé entonces como cuando te relajas ante el mar en primavera: viendo esa inmensidad, ese mundo más allá, ese mágico brillo del sol sobre el agua, creando chispas, purpurinas, y esa espuma del oleaje que tan increíble resulta que pueda ser salada… Resté saboreando el momento, como saboreas el aroma a salitre cuando de verdad amas el mar.

Y lo saboreé porque me encontraba ante un dulce momento de desaprender. El camino hacia la felicidad… esas cinco palabras ya no me funcionaban. Al menos no en ese momento. Pensé entonces, diría más bien que los recuerdos me pensaron a mí, y acudieron a mi encuentro, mostrando aquello que había vivido, los retos, las dificultades, los sinsentidos… mientras  creía recorrer ese camino sobre el que estoy hablando.

Vinieron a mí, como en una película de ciencia-ficción, imágenes de un mundo paralelo en el que mi otro yo, mi yo de ese mundo, había conseguido cosas que hasta entonces sólo vivían en mí en forma de sueño, deseo, objetivo…

 

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Un momento un tanto tremendista, debo admitir. Diría que un momento necesario, también, puesto que me llevó a preguntarme si estaba siendo justa al tener esa sensación tan extraña, mezcla de sentirse absurda y  frustrada, vacía y deglutida por ese momento.

¿Era, en efecto, tan tremendo, el camino recorrido hasta entonces? ¿No estaba olvidando ponderar en mis cálculos emocionales algo tan importante como aquello que, en ese mismo camino, había provocado llamas que alumbran y prestan calor, danzas en mi corazón, brillo en mis ojos oscuros?

No era justo, pues, sentir ese batiburrillo negativo. No era justo para las vivencias que me encontraron en ese camino. Y por supuesto que tampoco era justo para mí sentirme mal ante esas imágenes de pasado y ciencia-ficción que me apartaban de sentirme bien conmigo misma y me acercaban, quizá peligrosamente, a lo que podríamos llamar tomarse la vida demasiado en serio.

Y cuidado, que la vida es algo serio: es nuestra posesión más valiosa. Por eso mismo pienso que hay que planearla, pero sin olvidarnos de dejar un espacio significativo en importancia o tamaño, según el sentir de cada uno, a la magia de la improvisación, de la esponáneidad, de la sorpresa.

Así que me permití sentirme mal… los sentimientos negados se enquistan y crecen como esa tediosa enfermedad del cáncer y ocupan un espacio precioso que prefiero disponible para otras cosas. Me tomé mi tiempo. Mejor dicho: dejé que el sentimiento recorriera su camino hasta la salida. Le presté ayuda en forma de palabras, me prestaron ayuda en forma de abrazos… y pude sentirme mucho más ligera, cobijada y dispuesta a reconsiderar mi camino de otro modo.

Revisé la frase: El camino hacia la felicidad.

¿Quería yo que la felicidad fuese una finalidad, una especie de lugar al que llegar y clavar mi bandera?

 

Pasos de felicidad

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Yo quería algo muy distinto, yo quería un camino con piedras y charcos en los que chapotear y vallas que adornar con guirnaldas de flores silvestres a las que deshojar también no en un “me quiere, no me quiere” sino en un “sonrío, me río”… yo no quería un camino hacia una felicidad utópica, sino un camino de pequeñas felicicidades, pequeños bocados de felicidad que, durara lo que durara mi vida, cuantas piedras tuviese ese camino, pudiera recorrerlo no siendo un trayecto hacia un deseo, sino siendo él mismo, mi camino, el deseo.

Así fue como llegué al cambio: de “el camino hacia la felicidad” a “el camino de la felicidad”. Y de este a “el camino de las pequeñas y traviesas felicidades”.

 

Dime ¿crees en la felicidad? ¿Qué es, para ti? ¿Has cometido alguna locura en pos de ella?

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Rosa Palmer

Soy la creadora y principal blogger de Por El Camino Azul. Ex-Miembro y reportera de la iniciativa de orientación laboral Parejas Orientadoras. Colaboro periódicamente en La Nueva Ruta del Empleo. Mi vicio son las palabras. Adoro la vida, sus misterios, la comunicación y la creatividad. Me motiva la idea de difuminar la terrible frontera entre placer y trabajo. ¿Te apuntas?

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