¿Hemos perdido el gusto por la sabiduría?

Nuestra necesidad de encajar, en estos tiempos socio-laborales tan crudos, ha despertado en algunos la amarga sensación de que la sabiduría no tiene valor si no va acompañada de resultados medibles con nombres altisonantes y billetes de curso legal. ¿Está la sociedad actual perdiendo irremisiblemente el gusto por el saber o estamos más bien en los albores de un renovado paradigma de sabiduría?

 

sabiduría

 

¿Nos afecta negativamente nuestra necesidad de encajar?

Vivimos en una sociedad que, de forma explícita o implícita, nos muestra desde pequeños la importancia de encajar como algo básico, algo a lo que debemos aspirar, algo por lo que tenemos que esforzarnos. Y en pos de ese ideal de encajar, por poco que hagamos memoria, recordamos a personas brillantes que decidieron no mostrarse en su naturalidad por miedo a sobresalir. A su vez, podremos recordar a personas con capacidades distintas de las académicas dejando de confiar en sí mismas, dejando de apreciar su valía. Ambas situaciones conduciendo a un mismo drama: convertir al saber en algo que amagar. Es más, convertir al auténtico yo, con todas aquellas maravillosas capacidades especiales, con todas esas ricas diferencias, en algo que amagar también.

Ese drama conlleva a otro del que no muchos son conscientes: si nuestras creencias, nuestras falsas necesidades tales como encajar, nos impelen a decidirnos a podar ramas propias sin pararnos a valorar su belleza e importancia, no solo estamos podando nuestro propio crecimiento. Estamos también recortando nuestra capacidad inspirativa. Nuestra capacidad de inspirarnos a nosotros mismos, de inspirar a los demás con aquello que nos distingue, que nos eleva y que nos convierte en cierto modo en más libres a la par que auténticos. Aquello que nos armoniza con nuestro potencial. Aquello que nos llena de paz y posibilidades. Aquello que contagia a los demás una nueva forma de verse a sí mismos y a su mundo.

 

¿Es preciso, pues que dejemos de querer encajar?

El ser humano ha mostrado a lo largo de la historia su natural e intrínseca necesidad de formar parte de algo más grande que sí mismo.

Esto es un hecho. La familia, los amigos, la sociedad, el mundo… necesitamos no sentirnos extranjeros en nuestro entorno. No obstante, no nos basta con que nos “permitan” formar parte de ello, sentimos la necesidad de que ese formar parte sea recíproco. De otro modo, formar parte de ese algo más grande que nosotros se nos antoja falso, extraño, ¿inútil?

Lo que yo me pregunto es: ¿podemos estar seguros de que aquello con lo que queremos encajar es verdaderamente más grande que nosotros, armónico con nuestra esencia, si no nos atrevemos a conocernos en profundidad por ese sigiloso temor interno de no encajar?

Y esto me lleva al siguiente pensamiento: el daño, dolor y miedo que despierta esa necesidad de encajar ¿nos está impidiendo ver nuestra capacidad de encontrar otros entornos, de crearlos nosotros mismos?

 

Mi visión del saber

Parece ser que la palabra saber proviene del latín: sapere. Sapere es un término que me encanta. Aúna conocimientos y el sentido del gusto tanto en el sentido literal como figurado. Así que el significado etimológico de esta palabra está prácticamente hecho a mi medida: gustar de tener conocimientos.

Y un lugar al que me encantaba acudir para atesorar conocimientos era el colegio. A riesgo de quedar como un bicho raro, te contaré que mi ilusión por aprender era tal, que las raras veces en las que estaba enferma fingía encontrarme bien para no quedarme en casa y evitar así perdérmelos. No funcionaba, por supuesto. Ese mágico don que tienen las madres para descubrir los pequeños o no tan pequeños detalles que “chivan” la situación real de sus niños dejaba claro a mi madre que yo no me encontraba bien. Y lo explicaba con una enigmática y casi poética frase: “tú no vas al colegio hoy: te brillan mucho los ojos”, que la Rosa de primaria no podía sino entender como otro misterio que degustar.

Volviendo al tema de la sabiduría, y cómo había empezado a contar antes de la confesión de arriba, un lugar al que acudir para ganar en sabiduría es la escuela. Escuela proviene de otra palabra que me lleva a sentirme un tanto viajante en el tiempo: scholé. Scholé es un término griego que significa ocio, distracción, descanso. Y schola, que fue su adaptación latina, posee acepciones que crean un cóctel con el conocimiento y el ocio como ingredientes.

En aquellos lejanos tiempos no todo el mundo podía estudiar y aprender, menos aún como hoy en día, que puedes ir a una biblioteca y usar su ordenador para estudiar un curso abierto de una universidad sin coste alguno. Entonces era un privilegio. Algo que disfrutar, además.

Y la sabiduría no encerraba solo el mundo académico: uno podía ser sabio de cualquier actividad que supiera realizar con gusto, en el más amplio sentido. Un buen zapatero era sabio. Un buen agricultor era sabio. ¿Por qué no rescatamos esos distintos tipos de sabiduría? ¿Por qué no le devolvemos a las palabras su inspirador significado?

El saber en la actualidad

Tal vez nos encontremos en un punto curioso, con respecto al saber y cómo nos relacionamos con él. La sociedad occidental tomó un cariz bastante más competitivo tal vez inspirándose en el modelo capitalista, con el que era habitual querer obtenerlo todo, casi por el placer de la posesión, más que de la necesidad real de esas mismas cosas. Conseguir resultados invirtiendo el mínimo de tiempo y esfuerzo, fue un tipo de filosofía que (a mi modo de entender, lamentablemente) se expandió del mundo empresarial a otros terrenos más íntimos, no quedando nuestras sabidurías a salvo.

Y nos encontramos hoy día con algunas personas que al interactuar con sus conocidos en Linkedin, en vez de sentir alegría por disponer allí contactos que pueden suponer posibilidades, no les sale evitar compararse a la baja al ver en los perfiles ajenos rimbombantes nombres de puestos de trabajo. No les sale no ver su actual desempleo como un terrible fracaso contra el que sentirse desamparados y pequeños, no tan válidos. No les sale no alargar más aún en el pasado ese fracaso, por una comparación de sabidurías basado en valorar unas por encima de otras. Valorar los diplomas, por encima de los conocimientos. Valorar la valía en base a estar o no en desempleo.

Por suerte, no todos los desempleados se han olvidado del propio valor. Y es verdaderamente grato encontrarme aquí y allí vestigios y testimonios clarísimos al respecto. Esto me llena de orgullo ajeno. Esto me ayuda a impulsarme en mis momentos bajos. Porque sí, también tengo momentos bajos. Por suerte aprendí que era necesario permitirme experimientarlos para avanzar con más ligereza después.

Todos conocemos también el caso de personas que se sienten desengañadas con respecto a haber invertido tiempo, dinero, sus recursos más preciados, en obtener una educación que, en el paradigma socio-laboral actual ya no saben cómo ponderar, puesto que esta no les impide realizar el triste viaje hacia la oficina del paro.
Todos conocemos también personas que no han perdido la ilusión y el hambre de sabiduría, pero que tienen que aplazar o modificar su forma de obtenerla, debido a los incesantes cambios en materia de educación pública,
que sí incluyen un incremento en el coste de la adquisición de esos conocimientos, pero no en la calidad de los mismos; puesto que el número de los puestos de trabajo cubiertos, la calidad de los planes de estudio y demás aspectos a tener en cuenta, parecen dejar claro que el interés no es tanto formar como engrosar las “temblequeantes” arcas.Junto a nuevas formas de aprender, en plataformas como Coursera o Miríada X, en esa magnífica herramienta para expandir conocimientos y comunicaciones que es Internet, además de lo citado arriba, ha aparecido también el perfil de los llamados Knowmads. Personas que adoran sus sabidurías y gustan de alimentarlas con su propio estilo, a su propio aire. Con más ganas y menos convencionalismos. Personas que están más cerca de no dejar desamparadas sus propias sabidurías. Personas que tal vez tengan los ojos más entrenados para detectar y valorar las sabidurías ajenas y, aprendiendo como niños, nutrirse con ellas mientras ellos mismos nutren a otros.

 

¿Cómo podemos volver a gustar de la sabiduría?

Es más, ¿cómo potenciar que nuestros jóvenes, los jóvenes que aún están por nacer experimenten su relación con la sabiduría de una forma más amena, más inspiradora, más positiva? ¿Cómo podemos despertarles el gusanillo de aprender, cuando nos bombardeamos unos a otros con esa terrible idea de que aprender hoy en día pueda resultar una pérdida de tiempo?Por lo que recuerdo de mi infancia y adolescencia, creo que lo mejor y más efectivo es dejar que nuestros actos hablen por nosotros y apartar las palabras y las experiencias propias. Un joven no aprende en base a “batallitas”, salvo excepciones. Un joven aprende alimentando sus sabidurías en aquello que puede ver, aquello que le gusta, que le inspira.


Lo mejor y más efectivo es, pues, dejar de pensar en la sabiduría como algo que hay que salvar en un futuro. No es necesario esperar para realizar nada que sea un cambio en positivo. No es cuestión de entendernos separados de las sabidurías de las generaciones que nos siguen.
¡Ellas provienen indefectiblemente de las nuestras! ¿Cómo pues, podemos desentendernos al son de esa idea de que “alguien tendría que hacer algo”? ¿Cómo podemos siquiera olvidarnos de que somos alguien que sí puede hacer algo y que, en verdad, no requiere de gran esfuerzo?

 

  • Paso 1: practicar la arqueología

Así es. Es preciso tratarnos entre todos como un tesoro y hacer lo posible por conocer qué nos mueve y cómo es nuestra forma de funcionar. Qué tiene nuestro interior de especial y de maravilloso. No dejar de apreciar aquello que en tiempos que ahora sentimos remotos formó parte de nuestras sabidurías, puesto que aún sigue ahí en nosotros, de uno u otro modo.Si te apetece conocer un poco más acerca de cómo realizar esta arqueología de la que hablo, tal vez te guste este texto en el que hablé de las sabidurías, eso sí, utilizando en su lugar el término competencias.

  • Paso 2: rendir culto a la diosa de las tres S

Es decir, haciendo partícipes de nuestra experiencia, de forma natural, con sencilla sinceridad sentida.

¿Ya conoces tus sabidurías? ¿Qué crees que puede potenciar el interés por el conocimiento?

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Rosa Palmer

Soy la creadora y principal blogger de Por El Camino Azul. Ex-Miembro y reportera de la iniciativa de orientación laboral Parejas Orientadoras. Colaboro periódicamente en La Nueva Ruta del Empleo. Mi vicio son las palabras. Adoro la vida, sus misterios, la comunicación y la creatividad. Me motiva la idea de difuminar la terrible frontera entre placer y trabajo. ¿Te apuntas?

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