Relato: Un eterno sentir

Tenéis ante vosotros un relato que habla de puertas que se abren y, al hacerlo, abren otras, y otras… como una danza de ellas, es la vida cuando aprendes a sonreírle abiertamente. Porque las sonrisas tienen un poder contagioso. Y la vida, contagiada de ti, contagiada por ti, sonríe de vuelta.

Sentir

 

Ya nada iba a ser igual. No importaba qué sucediera en adelante. Resultaba inevitable: cuando cae sobre ti un relámpago, cuando lanzan sobre ti un relámpago, cuando tú mismo te conviertes en relámpago, no hay nada que hacer. Absolutamente. Y eso era algo que iba fluyendo entre los dedos de Gloria mientras ella jugaba a estar pensando en otra cosa.

Fluía entre sus dedos, fluía entre sus neuronas y navegaba sobre sus glóbulos rojos, nutriendo cada intersticio de su cuerpo. Elevándola, profundizándola, electrificándola y portándole hacia ese más allá en el que siempre había creído pero que no había sido capaz de morder aún.

Era dulce, extraño, divertido, sanador y enfermizo, el recuerdo, que la invadía casi paralizándola, conteniendo el aliento, sintiéndose arder a pesar de lo frío que se hallaba su cuerpo. Era como una posesión demoníaca, como una fiesta de poros, como una tormenta perfecta… Y mientras Gloria trataba de normalizar sus pensamientos, estos se divertían atrayendo una y otra vez ese recuerdo. Atrayendo una y otra vez esas sensaciones. Atrayendo una y otra vez ese salado mareo que la aporreaba desde que su coraza decidió oxidarse bien lejos de ella.

Las palabras escritas flotaban ante Gloria, tomando una voz en su interior, una voz ruda, cálida, profunda, una voz que no pertenecía a nadie salvo al deseo mismo. Y ya no existía nada, salvo aquella revolución que se estaba gestando en ella. Esa revolución que esperó esperar una chispa, una simple chispa…

Aparecieron en su lugar el relámpago, la luz, el latigazo, la marea, el vendaval… de forma súbita, irremediable, brutal y fascinante a la vez. Aparecieron con la fuerza de la naturaleza, con la magia de lo sobrenatural, con la delicadeza de un despertar espontáneo decorado de caricias y exhalaciones con aroma a cielo. Flotando con el sonido de la hierba bailándole al viento. Con sabor a fuego, con sabor a mar, con sabor extraterrenal…

Nada podía romperla ya porque ella misma era millones de minúsculos pedazos de vida que danzaban, besándose entre sí y conquistando, entretanto, a la vida que los unía. Nada podía romperla ya porque ya no sobrevivía, ya no flotaba a la deriva, ya no se encontraba crionizada ni perdida en ningún mundo que no fuese el de la tierna, suculenta y libre fantasía, desatada, enlazada, adherida, libremente esclava.

Libremente esclava de esa libertad que no la rehuía, venía a buscarla para llevarle a dar un paseo en calesa, entre interminables besos, suaves mordiscos, golpes de vida, arañazos de locura, vibraciones de paz.

Trató de continuar su camino sin enloquecer en ese tacto que viaja en el pensamiento y que enciende la sangre, eriza la piel, invoca tornados… Trató de concentrarse en aquel mundo real que la rodeaba y al que ella no era capaz de volver a sentir como tal. No entonces. No desde la irrupción de la posibilidad. No desde la disolución del futuro, la extinción del pasado. Desde luego, no desde el hallazgo de respuestas a deseos deseados desear. Desde luego no desde aquel maravilloso juego, tan real como etéreo. Tan carnal como efímero. Tan fuerte como sutil.

Tal vez pudiera volver atrás, pensó, sacando todo ese potencial vital que le había venido a buscar desde el destierro del dolor.  Tal vez pudiera volver a la calma, tal vez pudiera volver a aquella presunta calma en la que todo era más predecible, todo era más tangible, todo era más fácil de ponderar, de nombrar, de evitar…

Tal vez…

Pero regresó el recuerdo, alterándolo todo de nuevo. Regresó con mayor fuerza. Como un fortificado enemigo de guerra. Regresó mostrándole no la propia fuerza, sino la suya, la de Gloria. La fuerza de su atención, de su intención, de su entero ser.

Un ser que ya no estaba por la labor de conformarse con ningún puzzle al que le faltaran piezas. Con un arder al que le faltaran ampollas. Con un fluir al que le faltara aire.

Un ser que iba a apostar fuerte y no únicamente en el terreno del juego compartido, donde las jugadas y reglas no existen, sino que se difuminan y languidecen. Donde la luz es necesaria para abducir, succionar la fuerza de los terremotos que estaban sacudiendo desde la primera sonrisa aquel mundo que ya no le atraía. Iba a ir a por todas. No en ese juego. No en esa atracción. No en esa guerra de paz.

Iba a ir a por todas. Hacia cuanto se cruzara en su camino… Y con cuanto se apartara de él, Gloria intuía, paladeaba, que iba a mostrarle su valía, su valor, su talento, su magnetismo. Y ese mismo magnetismo sería atrayente, no de un futuro soñado. No de un nuevo yo mejorado. Sino de un presente eterno. De un yo rescatado, sanado, exponenciado.

Un yo que haría mucho más que existir y persistir. Un yo que iba a resultar imparable y sereno, Un yo que iba a reinventarse a cada paso. Y cada paso iba a adentrarle en la reinvención.

Ni un sólo “ven”. Tan sólo un “¿dónde estás?” Y miles de “ya me tienes aquí”.

Ni un sólo espacio en blanco. Ni un sólo sentirse en blanco. Tan sólo un eterno sentirse.

Tan sólo un eterno sentir.

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Rosa Palmer

Soy la creadora y principal blogger de Por El Camino Azul. Ex-Miembro y reportera de la iniciativa de orientación laboral Parejas Orientadoras. Colaboro periódicamente en La Nueva Ruta del Empleo. Mi vicio son las palabras. Adoro la vida, sus misterios, la comunicación y la creatividad. Me motiva la idea de difuminar la terrible frontera entre placer y trabajo. ¿Te apuntas?

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