Cambiar de rumbo: ¡Quiérete!

No existe amor más imprescindible que el amor a un@ mism@. No existe viaje más importante que la vida. Cambiar de rumbo y quererte es toda una aventura ¿me acompañas?

 

Furioso

 

 

 En la semana en la se nos exhorta a pensar más en el amor de todo el año, a mí se me ha antojado hablar del amor que nunca debiéramos olvidar: el amor hacia uno mismo, el amor hacia ese viaje estimulante en el que considero fascinante ver convertida tu vida, el amor que despierta -súbito, trascendental y bello- hacia ese momento de eternidad en el que dos o más almas conectan a través de los sentimientos, a través de las sensaciones. Ese momento de eternidad en el que dos o más almas conectan y vibran en aquello que tanto adoro y me gusta llamar feeling. Buen feeling.

 

El arte, los distintos tipos de arte, así como las sonrisas, las miradas, los abrazos, los besos y las caricias (que para mí no dejan de latir como otro arte), son unas espléndidas naves en las que viajan nuestras sensaciones, nuestra esencia. Entremezclándose con las sensaciones y la esencia de los demás. En forma de empatía, en forma de invisible pero palpable lazo irrompible, infranqueable e impagable que conecta las almas que los cobijan. Por la magia de esa misma conexión, difícil de explicar, imposible de forzar, quedan hermanadas en ese efímero momento que perdura ya por siempre en el corazón. Ese efímero momento en el que la soledad no tiene cabida, la oscuridad deja de existir y las palabras son bellos sonidos que lo ensalzan todo.

El arte, considero, no debiera necesitar de más vehículos que esas sensaciones, esos despertares del alma, esos crepitares de la mente. Justo como la vida. Como la vida que no me apetece vivir, sino degustar.

Hoy, en este nuevo post de la serie “Elige la vida” no quiero sólo escribir sobre el arte, el arte y su valor quebranta-vacíos, limpia-miradas, proyecta-sueños. Hoy, en este nuevo post quiero mostrar el arte que existe en conectar con el propio alma. Del arte que existe en dejarse querer por uno mismo. Del arte que existe en desoír cualquier voz interna o externa que se empeñe en no provocar que te sientas fuerte, grande, capaz, valiente, válido. Cualquier voz que pueda empeñarse no en apartarte del rumbo fijado cuando el presente no era más que un futuro soñado, sino en apartarte del rumbo que podrían llevar y la belleza que podrían transmitir tus sentimientos. Si tan sólo tu fluir (positivo, goloso y pícaro) fuese quien disfrutara del timón de tu vida, de tu vivir la vida, de tu exprimir la vida, de tu fundirte con la vida.

Existe la terrible idea de que la vida debe amoldarse a unas reglas sociales no escritas.  Reglas que se empeñan en poner fechas de caducidad a algo que no debiera caducar salvo en el mismo momento en el que a tu cuerpo le dé por dejar de respirar. Ni un solo segundo antes. Ni una sola milésima de segundo antes.

Existe la terrible idea de que no se puede tener todo, como excusa para el conformismo, como  límite de velocidad de las sonrisas. Como frontera entre mentes, cuerpos y almas. Como bloqueo de ese fluir que considero que debiera ser la propia existencia.

Hace meses escribí sobre algo que he descubierto en el camino que he recorrido hasta ahora: que sí que podemos elegir cómo sentirnos. Ahora añado, porque no puedo sino así hacerlo: sí que puedes cambiar el rumbo de tu vida, de tu fluir, de todo tu mundo.

Sí que puedes. Incluso cuando asegurarías no poder, te aseguro: sí que puedes.

Y te lo aseguro por un simple motivo: en mis horas oscuras, cansada no tanto del rumbo de mi vida sino de la carencia del mismo, no es sólo que yo pudiera. Es que algo en mí se empeñó en poder.

Un cansarse de verse ausente, irreconocible ante el espejo. Un cansarse de sentir un vacío, un espacio insondable, una ausencia de sueños a los que pegarles un mordisco o hacerles cosquillas… Un detestar la desaparición de la música en mis ojos. Un no recordar dónde había dejado la piruleta-silbato con sabor a fresa con la que manifestarme en público en contra de los recortes con los que los pensamientos negativos y los comentarios a  desterrar se empeñaban en castrar mi camino, se empeñaban en enterrar aquella parte de mí que siempre me había acercado a los demás, se empeñaban en filtrarse no sólo en mi mente, sino también en cada pequeño espacio de mi cuerpo, para restarle fuerza, amarre, pienso que vida…

Un buscar en todos los rincones un botón que parase el mundo, para tratar de bajarme de él y salir corriendo. Quizá un botón de “eject” para salir propulsada hacia otro planeta, incluso… Sin embargo, no era salir corriendo, ni propulsada, lo que ese algo en mí tenía pensado como estrategia de mejora. Nada de correr. Nada de gritar. Nada de huir.

Ese algo en mí tenía planes. Unos planes para rescatarse a sí mismo, mientras, de paso, me rescataba a mí. Ese algo en mí se volvió sordo a la estúpida idea de no tener fuerzas, a la estúpida idea de que rendirse no puede formar parte jamás de una victoria, a la estúpida idea de que debía esperar a un momento más propicio…

Porque no hay momento más propicio para levantarte (para mirar no en derredor, sino hacia adentro, donde habitan tus sueños, incluso aunque no los adviertas) y no te digas voy a cambiar de rumbo, sino que simplemente te encuentres haciéndolo. Es más, puede que encuentres que el rumbo está cambiando hacia ti. Hacia este tú que se alejará de todo aquello que reste y divida, y dará un beso en la boca a todo aquello que sume, multiplique y dé energía.

Y si no adviertes esa parte de ti esforzándose en tu interior para generar el cambio, si sigues pensando que se te escapan los trenes, que perdiste el último barco, que siempre te quedará el recuerdo del sueño perdido… Entonces te recordaré que también existe la posibilidad.

Es más, añado, si no existe ¡créala! Crea la posibilidad.

¿Cómo? Simplemente cogiendo ese conformismo, esos límites, esas fronteras, esos bloqueos que te clavan en un estado  en el que, en el fondo, sabes que no mereces permanecer, siquiera haber estado un segundo en él, y pégales una buena patada fuera de tu vida.

Una buena patada fuera de tu vida. Sin excusas, sin miedos, sin aplazamientos… Porque ellos, al igual que el resto de cosas que forman parte de ella, no significan nada más que aquello que tú quieras que signifiquen. Absolutamente nada más. No consientas que ningún pensamiento derrotista, negativo, pesado y recalcitrante (ni tuyo, ni menos aún de nadie más) te aparte de esa certeza:

 

Solo tú mereces manejar tu timón, elegir al son de qué música bailar, cuan alto saltar y porqué. - ¡Compártelo: me ayudarás muchísimo!          

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Cítate contigo, conquístate, vuélvete a enamorar de tu esencia, de tus sensaciones, del brillo de tu alma… Y no cuestiones nada salvo la cuestión misma. Y no niegues nada, sino la negación. Disfruta de tu rumbo, de tus múltiples rumbos, de tu viaje. Porque en el fondo, tanto da dónde te lleve tu nave, lo verdaderamente importante es el viaje, la aventura que implica, la libertad que exalta y la sonrisa que se prenda en tu corazón.

No puedo cerrar el post sin hablar de una canción muy especial, del que, para mí, para esta blogger, ha supuesto el descubrimiento musical más marcado. Es más, ha sido el descubrimiento más que musical, diría que artistíco, aduciendo a las palabras con las que ha arrancado el presente post.

El tema del que hablo se titula Cambiar de Rumbo, el artista que la rubrica, es Marcos González, aka Furioso. Recomendado por un amigo común  (Rodrigo “Rodo” Armengol -espontáneo, divertido, fuera de lo convencional y, no obstante, dulcemente profundo-), no pude evitar hacer click sobre una playlist de su último trabajo, Refugio.

Cada palabra, cada rincón entre figuras y silencios, cada respirar del artista, se vierte en tus oídos, portando una llamada hacia el interior, una línea directa al alma y, en mi caso, un magnetismo entre las yemas de mis dedos y el teclado con el que estoy jugando ahora mismo.

Cambiar de Rumbo es una canción-himno a la posibilidad. Una canción-himno a ese viaje del que hablaba un poco más arriba. Una canción-himno contra el olvido de nuestra fuerza, de nuestra paz, de nuestra vida.

El sonido se torna abrazos y caricias, te mece, te toma de la mano y te levanta para bailar contigo, y olvidar, dejar atrás todo aquello que nada tiene que ver con tu esencia, que nada tiene que ver con aquello que de verdad te llene. El sonido se funde en ti, convulsionando tu propio refugio con chispas que encienden el fuego, el latir de la emoción.

El sonido, travieso y considerado a la vez, se asoma junto con sus palabras a tu sentir y le guiña el ojo. Envolviéndote con esa fuerza que sólo puede nacer de un dolor que siendo gratuito en verdad resulta tan caro… y lo hace provocando tu propia fuerza, tu propia posibilidad, tu propio sueño.
Desde aquel click, justo desde entonces, expresar que me siento furiosa ya  no es equivalente a estar llena de rabia, malestar, ni de necesitar un exorcista… desde entonces, decir que me siento furiosa es no tener reparos en hacer partícipe al resto de mi escucha: la del adictivo disco Refugio, la de la niña interior cantando, jugando, divertida entre ambos mundos, el mío y el Mío.
Con un click aquí, accedes al tema que ha motivado este post: http://furioso.bandcamp.com/track/cambiar-de-rumbo. En este link, además de poder escuchar los temas de Furioso, podrás conseguir su descarga.

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Rosa Palmer

Soy la creadora y principal blogger de Por El Camino Azul. Ex-Miembro y reportera de la iniciativa de orientación laboral Parejas Orientadoras. Colaboro periódicamente en La Nueva Ruta del Empleo. Mi vicio son las palabras. Adoro la vida, sus misterios, la comunicación y la creatividad. Me motiva la idea de difuminar la terrible frontera entre placer y trabajo. ¿Te apuntas?

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