Relaciones Tóxicas: una reflexión

Las relaciones tóxicas marcan un antes y un después. Es preciso aprender a quererse por encima de ellas. Durante y después. Descubre mi experiencia.

 

amor

El amor

El amor, siempre he pensado yo, es algo bello, precioso que consigue llevarte más allá de dónde hubieras llegado tú solo por tu cuenta. En toda relación, más placentera o no tanto, una aprende muchas cosas: unas prácticas y/o bellas y otras… no tanto. No obstante, gracias a todo ello, ahora puedo sentirme mucho más fuerte de lo que me había sentido con anterioridad. Mucho más valiente. No porque resulte serlo más, pienso, sino porque soy consciente de la importancia que tiene no olvidar esa fuerza y esa valentía que poseemos.

El amor, en su nacimiento, resulta realmente curioso, diría que mágico. Dos personas que podrían incluso caerse mal, por algún motivo, sienten una atracción mutua. Física, emocional, invisible y palpable a la vez.Algo te impele a navegar en su vida, en sus sentimientos, en sus pensamientos, navegando a la vez en los tuyos. En una suerte de dulce mareo en el que todo deviene posible, salvo la náusea. El futuro es dulce, el pasado sólo es el vehículo que te ha portado hasta ese preciso momento en el que ese nuevo ser amado decide aparecer, súbita y llamativamente, decide irrumpir como una aparición, como un arcoiris, como el primer destello de sol de la mañana…

Te deslumbra. No sólo el ser amado, sino el amor en sí mismo. Te deslumbra ese cambio que surte en ti, que surge como si no pudiera hacer nada más. Las sonrisas tontas, los despistes absurdos. Y, en mi caso, una inusual hambre que no me engorda. ¡Alabados sean los dioses del amor!

Hay relaciones en las que todo esto, con el posterior conocimiento, deviene en una relación estable, duradera y con un equilibrio entre subidas y bajadas de intensidad que convierte el camino en una apasionante y divertida carrera en montaña rusa.

Sin embargo,  cuando el amor se convierte en una suerte de droga no puede sino ser tóxico. Y deja el amor de ser él mismo.

¿Porqué puede el amor devenir en relación tóxica?

  • debido a la diversidad de formas de querer y actuar que  podemos desarrollar, no siempre sanas
  • debido a vivirlo como el núcleo de la existencia propia, otorgándole una importancia excesiva
  • y a aquellos terribles monstruos que son:
    • la rutina,
    • los egos,
    • y la comunicación no asertiva
  • o lo que es peor, la comunicación asertiva no acompañada de acciones asertivas
  • debido a que uno o ambos amantes tienen conductas tóxicas
  • debido a que uno o ambos amantes son personas tóxicas.

 ¿Cómo puede sentirse una relación tóxica?

En efecto: el amor, cuando deja de ser una parte de tu vida para ser tu alimento, tu corazón, tu  aire… deja de ser él mismo. Y estoy prácticamente segura de que nosotros también. Todo ello regado con momentos de felicidad que se intercalan y filtran en el resto. Momentos de felicidad que, en vez de llevarte a ella, confunden más tu interpretación de la misma.

Hablo de cuando el amor va mutando, al igual que nosotros. En este camino extraño en el que deambulamos cuando él se pierde a sí mismo. Se pierde entre el egoísmo de los excesos, aquello que no sea él mismo. Aquello que no sea el desgaste de cada segundo en pos de esa obsesión en la que ha devenido el amor… cuando el amor se convierte en posesión. Cuando el amor se convierte en guerra, guerra interna, guerra de dolor, guerra de egos…

Y en esa terrible mutación del amor, terrible como la nuestra, que sucede inevitablemente al mismo tiempo, y se convierte en una impredecible forma de vivir. Una  incomprensible forma de vivir. Una insoportable forma de vivir. Nos volvemos tóxicos. No el amor en sí, solamente. Nosotros también. Diría que nos volvemos tóxicos el uno para el otro, puede que, incluso, para nosotros mismos. Deja el amor de ser algo por lo que luchar, por muy enamorado que estés o creas estar.

Porque del mismo modo que puedes no ser consciente de estar enamorándote, puedes también vivir la muerte de tu amor acompañada de una inercia que logre convencerte de que sigues, de que continúas enamorado. Siendo ese amor que asegurarías sentir no más que un espejismo.

Un espejismo que te lleva a continuar luchando, contra viento y marea, tu propio viento y tu propia marea. Perdiéndote por el camino y no reconociéndote en tus palabras, actos, ante el espejo.

Te aterra rendirte. Piensas en el sufrimiento, en el tiempo, esfuerzo, los sentimientos invertidos y  no quieres que vayan a parar al limbo en el que parecen terminar los sentimientos de las parejas que se deshacen. Sufres pensando en terminar siendo ambos sólo un recuerdo. Sufres pensando en cuánto vas a sufrir. Y ese sufrimiento te envuelve en una ingente cantidad de cadenas emocionales que no llevan sino a mayor sufrimiento. Innecesario, compartido, provocado y cruel.

En algún momento por determinar, el amor real se evapora. Debido a todo el sufrimiento acumulado. El real. El que te provoca el pensar en el mismo sufrimiento que podría llegar. El que te provoca sentir que el final está cerca, que tu futuro soñado no podrá hacerse realidad. Que tendrás que buscarte nuevos sueños.

En algún momento por determinar, pasas a vivir la relación de vuestros egos, y no la vuestra.  Vives en una suerte de realidad paralela en la que sientes, te sabes enamorado. Y sólo por ello continuas en una lucha que no debiera existir, que no debiera siquiera ser pensada.

Las noches se convierten en sueños insoportables e incomprensibless. En lágrimas que no quieren escaparse de tus lagrimales. En un echarse de más, en vez de un echarse de menos. Entonces, lo sabes: sólo es cuestión de tiempo.

Y se acaba. ¿Qué puede suceder después?

Pasas por distintas fases. Yo pasé por distintas fases… determinación. Miedo a cometer un error si no intentaba volver. Dolor. Incertidumbre. Sensación de fracaso… No obstante, nada de ello sucedió como había creído que sería, al pensar previamente en mi vida fuera de ese amor.

Había pensado, habría asegurado que me sentiría pesada, vieja, sola, tremendamente triste, desarraigada, perdida. Noches en vela. Días sin sonrisas… Sin embargo, y pese a la profundidad del dolor de partir de una relación larga y profunda, no me sentí así más que en momentos muy puntuales, aleatorios, diría.

Una sensación muy parecida a la que me surge cuando la inspiración y la imaginación vuelven a ceder espacio a la realidad, cuando aparto mis dedos del teclado en mis fases creativas, me envolvió. Sentí como si en vez de sumergirme en una nueva situación no agradable, surgiera de una suerte de mundo paralelo, oscuro y embotado, y volviera, casi teletransportándome, a tener la edad previa a mi relación.

Volviera a la sensación previa a mi relación. Volviera a como podría haberme sentido, de no haber existido esa relación.

Sólo que sí ha existido. Lo bueno y lo malo. Lo sencillo y lo terrible y absurdamente complicado.

Y ahora me siento más ligera, más capaz, con ilusiones a las que les apetece pasar el tiempo conmigo, y casi olvido que me he sentido mal jamás.

No fue arte de magia. Fue determinación. Fue valentía de admitir que me sentía débil. Fue valentía de admitir necesitar ayuda. Fueron un bloc y un bolígrafo. Fueron varios libros inspiradores, varios fantasiosos… Fue un recordar la filosofía que me inculcaron mi madre y mi Tata (mi abuela materna).

Fue un dejarme mensajes de ánimo a mí misma cada día, bien a la vista. Fue un recibir llamadas de mi Abu sólo para contarme un chiste. Fue un rodearme de gente que me arropó en la cercanía y en la distancia. Fue un esforzarme en convertirme en mi mejor amiga, ahora y siempre. Fue un verme obligada a salir a la calle cada día. Fue un desternillarme bailando zumba a mi manera. Fue un dejar de dejar de hacer cosas sólo porque no tenga con quien.  Fue un “bueno ¿con qué empiezo?”

Y, sobretodo, fue coger la palabra culpa, despegarla de mi pecho, despegarla del suyo, despegarla del pecho de todos los demás. Fue tomar mis pensamientos dolorosos y darles la vuelta, convertirlos con la magia de la asertividad, en algo que no duele, que no frena, que no pesa.

Liberada del malestar, del dolor, del sufrimiento, del niño diabólico de mi ego, liberada del amor que deja de ser amor sin dejar de serlo. Ahora continuo mi camino, sonriendo ante la idea de pasear con alguien y que sepamos ambos hacernos sentir especiales, vivos, eléctricos, musicales, ingeniosos y algo locuelos.

Ahora continuo mi camino, sonriendo ante la imagen de mí misma preguntando sin red, viviendo sin red, soñando sin red. Porque no es una simple imagen, sino un hecho. Un curioso y divertido hecho.

Ahora continuo mi camino, eligiendo abrir mi puerta y ventana, pese al posible frío que pueda entrar a través de ellas. Elijo la vida. Con todo.

Elijo la vida. ¿Y tú, qué eliges, cómo lo eliges? ¿Qué quieres, qué esperas del amor? ¿Has tenido algún amor duro de vivir, eres de los afortunados que viven un amor como en las películas?

¡No te pierdas nada de Por El Camino Azul!
Subscribiéndote recibirás todas nuestras novedades en tu mail

¡Sin Spam!

Cada vez que un blogger hace spam

el vínculo con sus seguidores tiembla.

Puedes indicarme qué tipo de información no quieres que te envíe.




Rosa Palmer

Soy la creadora y principal blogger de Por El Camino Azul. Ex-Miembro y reportera de la iniciativa de orientación laboral Parejas Orientadoras. Colaboro periódicamente en La Nueva Ruta del Empleo. Mi vicio son las palabras. Adoro la vida, sus misterios, la comunicación y la creatividad. Me motiva la idea de difuminar la terrible frontera entre placer y trabajo. ¿Te apuntas?

¡Ahora te toca a ti! ¿Qué sientes con respecto a este artículo?

Uso de cookies

Por El Camino Azul utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, haz clic en el enlace si deseas obtener más información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: